Hay conversaciones que te dejan pensando durante un tiempo. La charla con Xavier Lorente, de Aula Sènior55+, en uno de los episodios de El Podcast de EvolMind es una de ellas. No solo porque habla de formación para mayores de 55 años, sino porque nos obliga a mirar de frente una pregunta que afecta a todo el sector e-learning: ¿estamos diseñando la formación pensando realmente en las personas?
Nos pasamos el día hablando de innovación, pero seguimos arrastrando el prejuicio de que la formación tiene fecha de caducidad. Así, durante años, la educación ha estado muy asociada a etapas concretas de la vida. Primero aprendemos en la escuela, después en la universidad o en la formación profesional, más tarde, quizá, seguimos formándonos en la empresa y, en algún momento, parece que la sociedad asumiera que ya está. Que aprender deja de ser importante. Como si al cumplir cierta edad, el deseo de saber o de crecer intelectualmente pasara a un segundo plano o dejara de ser una prioridad.
¡Y qué gran error! Para mí, una sociedad que sigue avanzando es aquella que cuida y fomenta la formación a lo largo de toda la vida, sin importar los números que ponga en el carné de identidad. Por eso, responder bien a las necesidades de la comunidad sénior será uno de los grandes retos del sector educativo en los próximos años.
No hablo solo de enseñar a usar un móvil, una aplicación bancaria o una herramienta digital. Sería un error reducir la formación sénior a la alfabetización tecnológica. Las personas mayores de 55 años no quieren únicamente “ponerse al día”. Muchas quieren comprender mejor el mundo, participar, conversar, compartir su experiencia, aprender historia, filosofía, arte, psicología o tecnología. Quieren seguir formando parte activa de la sociedad.
Y eso cambia por completo la manera en la que se debe diseñar la formación y las soluciones para llevarla a cabo.
La formación sénior no es una formación menor
Uno de los prejuicios más habituales cuando se habla de formación para mayores es pensar que hay que hacerla más sencilla. Más lenta. Más básica. Como si adaptar significara rebajar el nivel. Nada más lejos de la realidad.
Formar a personas sénior no consiste en recortar contenidos ni en infantilizar la experiencia. Consiste en diseñarla mejor. Con más sensibilidad, con más intención pedagógica y con una comprensión mucho más profunda de quién está al otro lado de la pantalla.
Una persona de 60, 70 u 80 años no llega a un aula con la mente en blanco. Viene con una vida entera de experiencias, decisiones, trabajos, relaciones, aprendizajes, errores y criterio. Llega con una mirada propia del mundo. Y eso, para cualquier docente, debería ser un auténtico regalo.
En un aula sénior, el estudiante no se limita a escuchar y callar; también aporta. Pregunta desde la experiencia y contrasta lo que aprende con lo que ya ha vivido. Es capaz de enriquecer cualquier clase con ejemplos reales de empresa, de gestión familiar, de historia reciente o de evolución social.
Por eso me parece tan potente una de las ideas que transmite Xavier Lorente: no podemos mirar a las personas mayores como un grupo homogéneo. No todas tienen las mismas necesidades, ni los mismos intereses, ni la misma relación con la tecnología, ni las mismas capacidades, ni la misma motivación.
Hay personas recién jubiladas con una autonomía digital altísima. Hay profesionales que han pasado décadas tomando decisiones complejas. Hay alumnos que buscan relación social. Hay otros que quieren profundizar intelectualmente. Hay personas que necesitan más acompañamiento tecnológico y otras que se manejan perfectamente en un campus virtual. Por eso, a veces el problema no es el alumno, es el entorno.
La importancia del buen diseño en una plataforma para formación online
En e-learning hablamos mucho de experiencia de usuario, accesibilidad, usabilidad, diseño instruccional y personalización. Pero la formación sénior nos recuerda que estos conceptos no son adornos técnicos. Son la diferencia entre aprender o quedarse fuera.
Cuando una persona mayor no entiende una plataforma, no localiza un documento, no puede leer bien una diapositiva o se pierde en una navegación confusa, no deberíamos concluir rápidamente que “le cuesta por la edad”. A veces, simplemente, le cuesta porque no se ha hecho bien el trabajo de diseño de dicho campus virtual.
Esto es algo que, como sector, deberíamos repetirnos más. Si una diapositiva no se lee desde la sexta fila, el problema no es del alumno. Si un campus virtual exige demasiados pasos para acceder a un vídeo, el problema no es del alumno. Si los materiales no están bien organizados, si las instrucciones son ambiguas o si el entorno digital genera inseguridad, el problema no es del alumno. El problema es del diseño dónde están alojados esos contenidos.
Y, esto no aplica solo a mayores de 55 años. Un diseño de plataforma claro, accesible y humano beneficia a cualquier estudiante, tenga la edad que tenga. Lo que ocurre es que con el público sénior los errores se hacen más evidentes. La falta de contraste, una tipografía pequeña, una mala estructura de contenidos o una navegación poco intuitiva pueden convertirse en barreras reales.
Por eso, cuando hablamos de tecnología formativa, no deberíamos preguntarnos únicamente qué funcionalidades tiene una plataforma. Deberíamos preguntarnos qué experiencia permite construir:
- ¿El alumno puede acceder fácilmente al contenido?
- ¿Puede recuperar una clase si no ha podido asistir?
- ¿Puede descargar materiales?
- ¿Puede consultar una presentación con calma?
- ¿Puede comunicarse con el docente?
- ¿Puede participar sin sentirse perdido?
- ¿Puede aprender a su ritmo?
- ¿Tiene una experiencia personalizada?
El valor del modelo híbrido
Una de las ideas que más me interesan del modelo de Aula Sènior55+ es la combinación entre aula presencial y entorno virtual. No se plantea la tecnología como sustitución de la experiencia presencial, sino como acompañamiento. Y esa es, en mi opinión, una de las claves del buen e-learning.
La tecnología no tiene que desplazar el vínculo humano. Tiene que ampliarlo. Tiene que permitir que el aprendizaje continúe más allá del aula, que el alumno pueda revisar una sesión, recuperar una clase perdida, consultar materiales, volver sobre una explicación o participar desde casa.
Para una persona sénior, esto puede marcar una diferencia enorme. Pensemos en alguien que falta una semana porque tiene una cita médica, porque viaja, porque cuida de un familiar o porque simplemente necesita organizar su tiempo de otra manera. Si la formación solo ocurre en el momento presencial, esa persona se queda descolgada del resto. Pero, si, por el contrario, existe un campus virtual bien diseñado, puede seguir conectada. Esto es flexibilidad real.
Y a raíz de ello, hay otro aspecto que me parece precioso de la formación sénior: en la mayoría de las veces el alumno no aprende porque tenga que hacerlo. Aprende porque quiere.
No busca un certificado para ascender. No necesita completar un curso por obligación normativa. No está intentando superar una prueba para acceder a un empleo. Está ahí porque ha elegido estar ahí. Esa motivación cambia por completo la relación con el aprendizaje.
El talento sénior no se puede desperdiciar
Como CEO de una empresa tecnológica dedicada al e-learning, esta conversación me confirma algo que venimos defendiendo desde hace años: la tecnología formativa solo tiene sentido cuando está al servicio de las personas. Y en el caso del aprendizaje sénior, esto es todavía más evidente.
Diseñar herramientas de formación que sirvan para la comunidad sénior es una oportunidad para hacerlo mejor: con más empatía, más claridad y una mirada más realista sobre las personas que tenemos delante. Hablamos de alumnos con capacidad, curiosidad, criterio y una enorme disposición a participar cuando la experiencia está bien planteada. También de plataformas que deben facilitar el acceso, acompañar el proceso y eliminar complejidades que no aportan valor.
El talento sénior merece ocupar un lugar protagonista en el aula, también en el aula virtual. Su experiencia, su forma de mirar el mundo y sus ganas de seguir creciendo enriquecen cualquier comunidad formativa.
Quizá el futuro del e-learning no consista solo en incorporar más inteligencia artificial, más automatización o más analítica de datos. Todo eso será importante, está claro. Pero el verdadero futuro del e-learning pasa por diseñar mejor para personas reales. Personas con contextos distintos. Con ritmos distintos. Con motivaciones distintas. Con historias distintas.
La formación sénior nos recuerda que aprender no termina nunca. Y también nos recuerda algo que, en tecnología de innovación, a veces olvidamos: cuanto más humano es el diseño de una tecnología, más potente es la herramienta.
En EvolMind creemos en ese tipo de e-learning. Un e-learning flexible, accesible, cercano y útil. Un e-learning que no trata al alumno como un usuario anónimo, sino como una persona con una historia, una necesidad y una motivación. Porque desarrollar una plataforma de formación no consiste solo en ofrecer un espacio donde subir contenidos, sino en crear un entorno que acompañe el proceso formativo, se adapte a distintas necesidades y facilite una experiencia clara, personalizada y motivadora.